2015 ~ Invierno ~ -1°

Italia ya no es el mismo que conocíamos. Se siente en el agua, en el aire...en la tierra, la destrucción arrasó con todo lo que pudo encontrar a su paso, los demonios dieron guerra a los cielos y muchos cayeron. Tres bandos: los que se encuentran de lado de Dios padre y sus ángeles, los que siguen los caprichos de Lucifer desde la ciudad central Roma y ahora también, un grupo de Neutrales que prefieren no ser partícipes del desastre. Hambre, falta de agua y de pureza en el aire. Es de valientes quienes se atreven a luchar por una historia...y marcar huella en este lugar.

Solo cabe decir...buena suerte.
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Silas † Guardianes

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Silas † Guardianes

Mensaje por Silas el Dom Ene 20, 2013 5:29 pm






Silas

Info básica
Nombre completo:
- Silas

Apodos:
- Fantasma, Sicario de Dios

Edad:
- 35 años

Procedencia:
- Marsella, Francia

Raza:
- Guardianes

Bando:
- Dios


Played by... Paul Bettany
"El fantasma asintió sin decir nada. «Silas.» Al fin se había hecho carne. «Me llamo Silas»"


Personalidad
Una persona que ha sufrido tanto, jamás podrá olvidar por completo los traumas y las penas del pasado, si bien es una persona de apariencia extraña suele ser muy tranquilo, pero la vida y las personas le han tratado de manera injusta. Solo por ser diferente, le han hostigado hasta llevarlo al límite de convertirlo en un asesino. El rencor y la violencia que procura encerrar en lo mas profundo de su ser, a menudo suele aflorar en diferentes situaciones, sin embargo hoy por hoy, a aprendido a perdonar a todos aquellos que le escrutan con la mirada al verlo pasar, y a razonar antes de reaccionar.
Es devoto, un fiel creyente de Dios y cada aspecto de su vida actual va dedicado a Él, el único ser por quien daría su vida de ser necesario, y el único ser por el que hoy es capar de matar, esta vez sin sentirse avergonzado, pues sabe que al cazar a las criaturas de las sombras está haciendo lo correcto.Vive cargando con él un sentimiento de deuda y la necesidad de corregir su vida para alcanzar la gloria eterna


Historia
La vida de Silas se divide en dos partes, antes de conocer a Dios y despues de hacerlo. En aquel entonces no se llamaba Silas, aunque no se acordaba ya de qué nombre le habían puesto sus padres. Se había ido de casa a los siete años. Su padre, borracho, era un fornido estibador que lo había detestado desde su nacimiento por ser albino y que siempre pegaba a su madre, a la que culpaba del aspecto malsano y vergonzante de su hijo. Cuando él intentaba defenderla, también él recibía sus golpes. Una noche la paliza fue terrible y su madre ya no se levantó. El niño se
quedó junto a su cuerpo sin vida y le invadió un insoportable sentimiento de culpa por haber permitido que sucediera algo así.
«¡Es culpa mía!»

Como si una especie de demonio controlara su cuerpo, el niño entró en la cocina y cogió un cuchillo. Hipnotizado, se fue hasta la alcoba, donde su padre dormitaba en la cama, ebrio. Sin mediar palabra, lo apuñaló por la espalda. Su padre gritó de dolor e intentó darse la vuelta, pero él volvió a clavarle aquel cuchillo una y otra vez hasta que la casa quedó en silencio.

El niño se escapó, pero las calles de Marsella le resultaron igual de inhóspitas. Su extraño aspecto lo convertía en marginado entre los marginados, y no le quedó otro remedio que instalarse en el sótano de una fábrica abandonada y alimentarse a base de fruta que robaba y pescado crudo que cogía en el muelle. Sus únicas compañeras eran las revistas viejas que encontraba en la basura y con las que aprendió a leer sin que nadie le enseñara. Con el tiempo se hizo fuerte. Cuando tenía doce años, otra vagabunda —una chica que le doblaba la edad— se burló de él en la calle e intentó robarle la comida. Casi la mata a puñetazos. Cuando la policía los separó, le dieron un ultimátum: o se iba de Marsella o ingresaba en un correccional.

El joven se trasladó a Toulon. Con el tiempo, las miradas de lástima que suscitaba se fueron transformando en miradas de temor. Se había convertido en un hombre muy fuerte. Cuando la gente pasaba por su lado, oía que hablaban de él en voz baja. «Un fantasma», decían con terror en los ojos mientras le escrutaban la piel blanca. «Un fantasma con ojos de demonio.» Y sí, sentía que era un fantasma... transparente... vagando de puerto en puerto. No parecía tener secretos para nadie.

A los dieciocho años, en una ciudad portuaria, mientras intentaba robar una caja con jamones curados de un barco carguero, le pillaron dos miembros de la tripulación. Aquellos dos hombres que le pegaban apestaban a cerveza, igual que su padre. Los recuerdos de miedo y odio afloraron a la superficie como monstruos surgidos de las profundidades. El joven le rompió el cuello a uno con la fuerza de sus manos, y sólo la llegada de la policía salvó al otro de un destino similar. Dos meses después, con grilletes en pies y manos, llegó a la cárcel de
Andorra.

«Eres tan blanco como un fantasma», le decían mofándose los demás internos, mientras los celadores lo conducían, desnudo y tiritando de frío. «¡Mira a ese espectro! ¡A lo mejor ese fantasma es capaz de atravesar las paredes!»

Durante doce años, su carne y su alma fueron marchitándose hasta que supo que se había vuelto transparente.

«Soy transparente.»
«No peso nada.»
«Soy un espectro... pálido como un fantasma... caminando en este mundo a solas.»

Una noche, el fantasma se despertó al oír los gritos de otros presos. No sabía qué fuerza era la que hacía temblar el suelo sobre el que dormía, ni qué poderosa mano sacudía las paredes de su celda, pero nada más levantarse de la cama, una piedra enorme cayó justo donde él había estado acostado. Al levantar la vista para ver de dónde se había desprendido, vio un hueco en la pared temblorosa y, a través de él, una visión que no había visto en años: la luna.

Aunque la tierra seguía temblando, el fantasma se sorprendió a sí mismo reptando por aquel estrecho túnel, asomándose al aire libre y rodando por la ladera hasta llegar a un bosque. Corrió toda la noche, siempre montaña abajo, hambriento y exhausto hasta el delirio. Al borde de la inconsciencia, al amanecer se encontró en un claro donde unas vías de tren se adentraban en el bosque. Las siguió, avanzando como en sueños. Vio un vagón de carga vacío y se montó en él en busca de refugio y de descanso. Cuando se despertó, el tren se movía. «¿Cuánto tiempo lleva en marcha? ¿Cuánta distancia ha recorrido?» En sus entrañas sentía un gran dolor. «¿Me estoy muriendo?» Volvió a quedarse dormido. En esa ocasión se despertó porque alguien le gritaba y le pegaba, y al final lo echó a patadas del vagón. Ensangrentado, vagó por las afueras de un pueblo, buscando infructuosamente algo que comer. Al final, estaba tan débil que ya no podía dar un paso más, y se desplomó junto a la carretera, inconsciente. La luz volvió despacio, y el fantasma se preguntó durante cuánto tiempo había estado muerto. «¿Un día? ¿Tres?» No importaba. La cama era mullida como una nube, y el aire que lo envolvía tenía el olor dulce de velas encendidas. Jesús estaba ahí, bajando la vista para mirarlo. «Aquí estoy —le dijo—. La piedra se ha apartado y tú has vuelto a nacer.»

Volvió a dormirse y volvió a despertar. La niebla envolvía sus pensamientos. Nunca había creído en el cielo, y sin embargo Jesús velaba por él. Junto a su cama apareció algo de comer, y el fantasma comió, casi sintiendo que la carne se le materializaba alrededor de los huesos. Volvió a quedarse dormido. Al despertarse, Jesús seguía sonriéndole y hablando con él. «Estás salvado, hijo mío. Bienaventurados los que siguen mi camino.» Se quedó dormido una vez más.

Lo que sacó esa vez al fantasma de su letargo fue un grito de pánico. Su cuerpo se levantó de la cama y avanzó tambaleándose por un pasillo, siguiendo la dirección de aquellos alaridos. Entró en una cocina y vio a un hombre corpulento que estaba pegando a otro más pequeño. Sin saber porqué, agarró al primero y lo estampó contra la pared. Aquel hombre desapareció al momento, y el fantasma quedó de pie junto al cuerpo de un joven vestido con hábito de cura. Tenía la nariz rota y ensangrentada. Lo cogió con cuidado y lo sentó en un sofá.
—Gracias, amigo —dijo aquel hombre en un francés peculiar—. El dinero del cepillo de las limosnas es tentador para los ladrones. En tus sueños hablabas en francés. ¿Hablas también español? El fantasma negó con la cabeza —¿Cómo te llamas? —le preguntó el cura en su precario francés.

El fantasma no se acordaba del nombre que sus padres le habían puesto. Lo único que le venía a la cabeza eran los insultantes motes que le ponían los celadores de la cárcel. El cura hizo un gesto.
—No te preocupes. Yo me llamo Manuel Aringarosa. Soy misionero, de Madrid. Me han enviado aquí para construir una iglesia de la Obra de Dios.
—¿Dónde estoy? —preguntó él con una voz que le sonó hueca.
—En Oviedo. Al norte de España.
—¿Y cómo he llegado hasta aquí?
—Alguien te dejó en la escalera. Estabas enfermo. Te he dado de comer. Llevas aquí bastantes días.

El fantasma se fijó en su cuidador. Hacía años que nadie era amable con él.
—Gracias, padre.
El cura se tocó la sangre que le salía del labio.
—Soy yo quien te está agradecido, amigo mío.

Cuando se despertó, a la mañana siguiente, vio las cosas más claras. Alzó la vista y vio el crucifijo que había en la cabecera de la cama. Aunque ya no le hablaba, su presencia le resultaba reconfortante. Se incorporó en la cama y constató con sorpresa que en la mesilla de noche había un recorte de periódico. Estaba en francés y era de la semana anterior. Cuando leyó aquel artículo, le invadió un gran temor. Hablaba del terremoto de las montañas que había destruido la cárcel y liberado a un montón de criminales peligrosos.

El corazón empezó a latirle con fuerza. «¡El cura sabe quién soy!» Le invadieron unas sensaciones que no había tenido en años. Vergüenza, culpa; acompañadas del temor a que lo atraparan. Saltó de la cama. «¿Adonde voy corriendo así?»
—El Libro de los Hechos de los Apóstoles —dijo una voz desde la puerta.
El fantasma se volvió, asustado.

El cura entró sonriendo en su habitación. Tenía la nariz mal vendada y sostenía una vieja Biblia.
—Te he conseguido una en francés. El capítulo está marcado.
Vacilante, el fantasma cogió la Biblia y buscó el pasaje que el cura le había señalado.

Hechos, 16.
Aquellos versículos hablaban de un preso llamado Silas que estaba desnudo y herido en su celda, cantando himnos al Señor. Cuando el fantasma llegó al versículo 26 ahogó un grito de sorpresa. «... y de pronto hubo un gran terremoto y los cimientos de la cárcel se agitaron y todas las puertas se abrieron.» Levantó la vista y la clavó en el cura, que le sonrió con dulzura.
—A partir de ahora, amigo mío, si no tienes otro nombre, te llamaré Silas.
El fantasma asintió sin decir nada. «Silas.» Al fin se había hecho carne. «Me llamo Silas.»

Desde ese momento Silas tomó la decisión de seguir a Dios y amarle por sobre todas las cosas. Se unió al Opus Dei, y unos años más tarde, también se unió a una organización élite de guerreros espirituales de la Iglesia Católica Romana, Los Guardianes.

Silas no es realmente reacio a asesinar, no al menos desde que decidió llevar una nueva vida y dejar las atrocidades de su pasado atrás, sin embargo, dar caza a aquellas criaturas que atentan contra Dios y los inocentes, no lo considera como una transgresión a los mandamientos del Señor.


Familia

Padre:
Madre:
Hermanos:


Otros familiares:



Otros datos

▶ Practica la mortificación corporal, como una forma de identificarse con Jesucristo en los padecimientos que sufrió en la Pasión y los frutos espirituales que de ella se derivan.
▶ A diario, y por al menos dos horas como mínimo, lleva atado a su muslo un cilicio de metal como un método para combatir las tentaciones sexuales, pues en los placeres de la carne está el pecado, mientras que en el espíritu se haya lo Divino.
▶ No ve el dolor como algo malo, "el dolor es bueno", suele decir. Su maestro le decía: «La medida de tu fe es la medida del dolor que seas capaz de soportar»

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Re: Silas † Guardianes

Mensaje por Life el Lun Ene 21, 2013 11:58 pm


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>Bienvenid@ al foro.
>Ya puedes continuar con los registros.





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